Tuesday, October 22, 2013

Viñas y la escritura del eva-peronismo



La relación de David Viñas con Eva Perón pudiéramos situarla bajo una serie de desencuentros y tensiones a partir de una escritura que articuló un espacio intermedio entre el “anti-peronismo” humanista de los intelectuales agrupados bajo la revista Sur, y de las posiciones intelectuales del populismo peronista. Leído desde Contorno, el vínculo entre Viñas y el Peronismo pudiera entenderse como una simple repetición de una programática definición ideológico-literaria de la nueva izquierda, bajo el lema que siempre repitió: "gorila no, contrera". Pero también es cierto que leído desde el interior de su obra, el peronismo para Viñas significó, si bien un límite en el imaginario de la radicalización política nacional, una zona de fascinación que atraviesa buena parte de sus “manchas temáticas” y estrategias literarias.

Frente al Yrigoyenismo de Viñas, el peronismo representaba, parafraseando a Marx, una especie de repetición de aquella primera instancia en clave de farsa. En la medida que se establece esta operación, la escritura de Viñas sobre el peronismo se ubica en una larga serie de textos que codifican, actualizan, y reapropian el negativamente el peronismo, y en particular la figura de Eva Perón.


Como lo han estudiado Andrés Avellaneda en su clásico El habla de la ideología (1983), el anti-peronismo en lugar expresar su crítica de manera explícita o referencial en el interior de la narración, tuvo que construir códigos negativos, articular hipérboles, e instalar modos del habla que pudieran generar modelos de lectura ante un público lector que luego del golpe militar de la Revolución Libertadora fue proscrito a enunciar el nombre de “Perón”. La literatura peronista y anti-peronista se definía, entonces, a partir de esa “falta” en el sistema de estructuración de los códigos literarios y políticos.


Integrado al discurso y a las formas literarias mismas, una de las estrategias de esta construcción literaria pasa por la figura de Eva Perón, cuya vacuidad o fisura logra organizar el relato a partir de su doble suplemento entre una ausencia que, por el propio efecto de vacío, hace posible la re-imaginación fantasmática de un peronismo en la construcción de ciertas poéticas. John Kraniauskas ha llamado la atención sobre el hecho que el efecto “eva-peronista” de lo literario no es meramente una construcción a posteriori en el plano de la producción cultural, sino que es posible gracias a la figura misma que ya se constituía como suplemento melodramático de la política populista [1]. El “eva-peronismo” en  tanto lógica suplementaria funcionaba como compensación de un origen-dual. Como ha ntoado Beatriz Sarlo en La pasión y la excepción, la "falta" de Eva para ser buena actriz en el mundo del espectáculo, lo traduce como "exceso" en el mundo de la política. Esa compensación es lo que define el fetichismo eva-peronista. En cambio, en tanto fetiche sublime de la narración, el eva-peronismo se disemina como una estrategia literaria misma que puede generar efectos disímiles: la irrealidad o el espectáculo (Borges o Martínez Estrada), la imposibilidad del nombre (Walsh, Viñas), o porno-delirios (en los casos de Perlongher, Copi, o luego Lamborghini).


Viñas repitió en varios lugares y momentos que su primer contacto con el eva-peronismo fue cuando, de muy joven, se le asignó recoger el voto de la propia Eva en el policlínico de Lanus. Aquella memoria, que opera también como un “emblema” de la relación intelectual-peronismo, es descrita como escena litúrgica que continua el tópico de la escenificación eva-peronista como espectáculo de una historia que ha pasado de la referencialidad de un evento a ser uno de los topos de la literatura nacional. Bajo el seudónimo de Antonio J. Cairo, y publicado en el conocido número de Les Temps Modernes. Argentine entre populisme et militarisme, Viñas recogía aquel momento en forma cuasi-fotográfico:


« Alrededor de su cama y de su habitación había una especie de friso compuesto por todos los altos dignatarios del peronismo oficial; muy graves, como de cera. Afuera, cuando salimos por los jardines del hospital para transportar la urna que contenía el voto de Eva Perón avanzábamos –como en una suerte de travelling– en medio de una multitud de mujeres, bajo la lluvia, arrodilladas en el piso, los brazos extendidos para tratar de tocar la urna ».[2]


En otra remembranza de aquel momento de juventud, Viñas incluso agrega que aquella escena "parecía un friso de alguna película de Eisenstein, esas mujeres dibujaban alguna escena del viejo Tolstoi". La escenificación de Viñas, sin embargo, difiere en sus contenidos de las codificaciones del peronismo por parte de escritores como Borges, Wilcock, o Lamborghini. Si para aquellos el exceso producía una carnavalización en el orden de la realidad, la escena que construye Viñas sobre Eva puede leerse tanto como liturgia religiosa, así como momento del duelo que, en lugar de subvertir de la realidad, la esclarece, la convierte en « evento  narratológico » y la traduce en un realismo afectivo, entre la objetividad fenomenológica y materialidad de los cuerpos. El « flash » eva-peronista de Viñas estaría más cerca de una noción benjaminiana de la interrupción del devenir de la Historia, que de un relato que asume que esa « historicidad » que la signa a través de un espejismo irreal o ilusorio. El eva-peronismo dentro del universo politico de Viñas no es propiamente la carnavalización, sino la propia de una « reconocibilidad » de un presente histórico (quizás es ahí donde el realismo y la Historia convergen desde sus respectivos registros).


El relato «La señora muerta » (Las Malas Costumbres, 1963), cuya periodización se ubica entre de « El simulacro » (1956) de Borges y « Esa Mujer » (1966) de Rodolfo Walsh, se instala en esta serie de inscripciones anti-peronistas pero encierra también un momento de opacidad dentro de la propia serie a partir del quiebre que ocurre hacia el final del relato. Si al comienzo del cuento, pareciera que la narración nos conduce hacia la perversión del « levante » de Moure quien asiste a una procesión del cadáver embalsamado con intenciones muy claras, el final del relato dialectiza lo que pudiéramos llamar una lógica « afectiva  del nombre », como efecto del peronismo en el interior de las masas populares. Al igual que los relatos de Borges o Walsh, el relato de Viñas se construye a partir de un nombre propio que codifica y sostiene la “trama” del relato. En este sentido, la literatura repite la estructura de la política populista, entendida como vacío capaz de operar en el tejido de lo simbólico. La potencia del no-nombrar articula de esta manera no solo el deseo, sino las relaciones afectivas mismas entre los personajes que esperan en la cola para ver el cadáver. El pacto simbólico entre Moure y “esa mujer” constituye no solo el mundo de la narración, sino la posibilidad misma de una relación afectiva o amorosa.


De ahí que el final aparezca como una fisura que desplaza el cadáver como lugar central del afecto, y cuya explicitación se hace igualmente desde la negatividad, es decir, desde la injuria. Ese momento de la “negación de la negación” – el no poder decir Eva y negarla a través de un epíteto – constituye el segundo grado del quiebre. El momento en que Moure emite: « Es demasiado por la yegua esa! » luego de que el taxi encontrara que todos los moteles de la ciudad se encuentran cerrados (justamente por el velorio de Eva Perón), trastoca y fisura el pacto simbólico de “levante”, produciendo agujeros en el sujeto atravesado por los afectos. Si « Esa mujer » en el relato de Walsh es la fijación del deseo como fantasma, en Viñas es el afecto en tanto fidelidad momento de desequilibrio y cierre del relato: « Ah, no…Eso sí que no – murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta -. Eso sí que se lo permito – y se bajó ».


José Pablo Feinmann ha argumentado que es en ese momento de intercambio – entre ofensa y negación, entre irrupción del pacto y figura de adoración – donde Viñas logra capturar el momento de la fidelidad popular del eva-peronismo. Se podría agregar también que la ofensa más allá de quebrar un pacto tácito sobre la figura de Eva, agencia a « esa mujer » sin el supuesto de una pureza militante o ideológica. En otras palabras, la mujer se pudiera haber acostado con Moure si tan solo se hubiese mantenido la complicidad del nombre. La enunciación del nombre, incluso en su registro antipopular (« la yegua »), desde la negatividad, desactiva no solo el pacto, sino el consenso en tanto deseo se trazaba desde un inicio entre ambos personajes. Por eso la tesis de “La señora muerta” como reproducción del eva-peronismo como metáfora del prostíbulo no se sostiene en ese final. Así, Eva Perón ha pasado de entenderse como elemento central de la constelación política del peronismo, como entelequia personalista, para encarnar una subjetividad, un cuerpo, una mediación de afecto que escapa el lugar del consenso ficcional de la hegemonía. Viñas no rompe con la escritura del eva-peronismo,  pero si muestra la negatividad de su fisura, situando en el centro de su relato una contradicción elemental: por una parte la figura de Eva Perón es la condición de posibilidad de la narración, mientras que por otra, deshace el referente del « cuerpo simbólico » del líder y elabora de esta manera una teoría de la política populista a nivel de afectos en la relación entre sus sujetos.  


Otra intervención con el eva-peronismo por parte de Viñas ocurre durante la década de los sesenta, cuando el autor de Los dueños de la tierra intentó esbozar una biografía política de Eva Perón que nunca llegó a realizarse – en parte por la publicación de Eva Perón : ¿aventurera o militante ? (1966) de Juan José Sebreli – pero cuyas tesis preliminares podemos leer en « 14 hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón », publicadas en el periódico uruguayo Marcha un año antes, que rápidamente dio lugar a una breve polémica con algunos periodistas de la CGT, entre los estaban incluidos un joven Osvaldo Lamborghini. Si en el relato « La señora muerta » Viñas construye un mundo mediado por el afecto desde abajo o “infrapolítico”, en la prosa política de las « 14 hipótesis », la posición de una izquierda crítica del populismo, tomaría la figura de Eva como lugar límite del proceso de radicalización, y como signo de una “revolución inconclusa”.


Viñas, en este sentido repite, las antinomias entre populismo e izquierda de los sesenta, estudiadas por Oscar Terán en Nuestros Años Sesenta. Es solo en aquel relato sobre Eva, donde Viñas pareciera también responder a sus hipótesis biográficas, las cuales aún condensaban el fuerte referente del personaje político sin entender las diseminaciones afectivas de un afterlive nacional-popular:


« Así es como si en el marco de ese proceso Eva Duarte de Perón contribuyó a que los obreros asumieran su descamisitud, en ningún momento propuso  que disolvieran ese valor tradicionalmente negativo en una categoría superior. Es decir, si contribuyó a asimilaron como descamisados, no propuse que se convirtieran en proletarios… […] Nada tiene de raro, pues, que lo más positivo del peronismo sea su negatividad: el haber dicho « no » a muchos valores de la oligarquía a ciertas pautas tradiciones. Pero sin superarlos ni proponer otros. De ahí que el peronismo resulte hoy una revolución inconclusa y Eva Duarte su símbolo más visible » (« 14 hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón », 1965).





Notas



1. Tiempos Modernos. Argentina entre populismo y militarismo. Buenos Aires: Ediciones Biblioteca Nacional, 2011.


2. John Kraniauskas. “Porno-Revolution: El fiord and the eva-peronist state”. Angelaki, Vol.6, 2001.



3. David Viñas. “14 Hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón”. El rio sin orillas, No.5, Octubre 2011.




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Gerardo Muñoz
Octubre de 2013
Princeton, NJ.

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